Por Karla Molina
Luz que no llega y precios que explotan
Salgo de casa al filo de la tarde, el sol cayendo lento sobre las tejas medio oxidadas de mi barrio santiaguero. En el silencio que queda después del paso del Huracán Melissa, casi nada funciona: la electricidad, el ventilador, el refrigerador, el televisor. Y, claro, la carga del celular, que hoy puede costar “más que una libra de arroz”. En la provincia de Santiago de Cuba, golpeada por el huracán y arrastrada por años de crisis energética, circula una denuncia que quema la retina: algunas personas están cobrando entre 50 y 300 pesos cubanos por cargar teléfonos móviles o lámparas recargables. Un gesto cotidiano convertido en privilegio. Un “servicio” surgido de la emergencia, pero teñido de oportunismo. Mientras más de un tercio de los clientes siguen sin servicio eléctrico dos semanas después del huracán, según reportes, el desastre no solo destruye cables: también dicho valores.

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El sistema que colapsa, y el “mercado” que florece
Desde que la tormenta desató su furia en el oriente cubano, se ha puesto en evidencia una doble fragilidad:
- La fragilidad del sistema: el déficit de generación eléctrica supera los 1 500 MW en todo el país, con especial impacto en la región oriental.
- La fragilidad social: cuando no hay luz, hay espacio para que el “mercado” informal (o dicho con otra palabra: el “aprovechamiento”) florezca en la emergencia.
Vecinos relatan historias como esta: “me cobraron 200 pesos por diez minutos de carga”, “tuve que cruzar el río para encontrar corriente”, “los cables siguen sumergidos, las piezas desaparecidas”. Se podría pensar que “el mercado” sólo aparece cuando el sistema falla… pero lo que vemos es algo más complejo: un sistema que había fallado ya antes, el huracán sólo lo terminó de hundir. Y mientras tanto, la diáspora observa: desde Miami, Hialeah, Tampa, España, México… Llegan remesas, llegan quejas, llega también el asombro. Porque cuando un familiar en Hialeah me pregunta “¿y por qué tantos apagones?”, la respuesta no cabe en un mensaje de WhatsApp.

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Ética vs urgencia: ¿Cuál pesa más?
Cobrar por “cargar un celular” durante una emergencia no es una mera transacción. Es un espejo:
- Refleja la desesperación de la población que no puede esperar.
- Muestra el colapso estatal que ya no garantiza lo básico.
- Y exhibe una ética social en crisis: la solidaridad en pausa, el vecino que antes compartía el generador hoy calcula el costo, la idea de que “quien pudo conectar, que conecte… y que cobre”.
Los medios oficiales han condenado estas prácticas, hablando de insolidaridad y “recolección de frutos ajenos”. Sin embargo, también advierten: la ley cubana tipifica como delito el hurto de cables o la especulación en tiempos de emergencia. Pero la sanción legal no resuelve la angustia de quien está sin luz y sin alternativa.
Yo lo he visto en los balcones de mi pueblo: una linterna que alumbra muchas horas. Un cargador a media voz: “¿cuánto por diez minutos?”. Una fila bajo la parlilla del generador que chispea. Y escuché al señor que decía: “No tengo 300 pesos, pero si se va la carga me quedo incomunicado… ¿qué hago?”.

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Ejemplos que duelen (y rinden testimonio)
- En Santiago de Cuba, una zona afectada tiene solo alrededor del 29 % de los usuarios con electricidad restablecida.
- En otros medios, se reportó que la región oriental sigue prácticamente aislada: “alrededor del 60 % sin electricidad”, tras Melissa.
- Y en foros de vecinos y grupos de Facebook: “Cruzamos el río para llegar a una casa que tiene generador”, “Me cobraron 150 pesos por una bombilla LED y media hora”, “Ya ni el cargador puedo dejar enchufado, porque si la corriente llega me arriesgo a pagar”.
La diáspora también comenta. Un usuario desde Tampa escribió en un grupo de WhatsApp de cubanos:
“Mi abuela en Chivirico lleva 10 días sin corriente, estoy enviándole remesas, pero me dicen que hay gente cobrando por 10 minutos de luz. ¿Hasta cuándo?”.
Ese “hasta cuándo” es el latido del pueblo cubano, la pregunta no formulada que retumba en los callejones del oriente del island.

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Visión crítica de AKubaa: Más que luz, necesitamos dignidad colectiva
Desde AKubaa lo decimos claro: no se trata solo de restablecer los alambres, los transformadores o las generadoras portátiles. Se trata de reconstruir la dignidad colectiva. Porque cuando pagas 300 pesos para cargar un celular, no solo estás pagando luz: estás pagando por tu voz, tu acceso, tu conexión con los tuyos.
En muchos hogares del exilio, en Hialeah, en Madrid, en Ciudad de México, se habla de “apoyar a la familia en Cuba”. Pero esa ayuda no debe convertirse en subsidio de abuso: enviar dinero para que alguien cobre 300 pesos por 10 minutos de carga no es solidaridad, es combustible para otro tipo de mercado: el de la necesidad. Y el ciclo es perverso: la emergencia, la falta estatal, la especulación.
Creemos que la solución debe tener tres vértices:
- Restauración urgente y transparente del servicio eléctrico – no en semanas, sino en días donde sea posible.
- Mecanismos de supervisión ciudadana – los vecinos organizados pueden intervenir, denunciar, evitar que el “mercado negro de la carga” se institucionalice.
- Conciencia colectiva: que el vecino que tiene cargador con generador lo use también para otros, sin que cobre “el doble precio”, porque esto es una comunidad, y la comunidad se construye cuando no se deja al peor ofertar su necesidad.
Invitación al debate
Entonces lo pregunto: ¿Cuál es el tope razonable?. ¿Cuánto vale conectar el miedo a quedarse sin comunicación, con tu gente al otro lado del mar? .¿Debe permitirse en una crisis que alguien forme fila para cargar teléfonos y pague 300 pesos?. ¿O es nuestra responsabilidad –como sociedad cubana– decir “hasta aquí”?.
Te invito a que lo dejemos en los comentarios de AKubaa.com, en Instagram, en el chat de nuestro podcast. ¿Ustedes qué opinan?. ¿Se trata de supervivencia individual o de una falla colectiva que debemos corregir?.
Cierre
Me despido por ahora, con la esperanza de que la corriente vuelva — y esta vez, que no la cobren tan caro. Y que al volver, la luz traiga también justicia, solidaridad y ética renovada. Comparte este artículo, comenta tu experiencia, etiqueta a tus familiares en la diáspora que también sienten el apagón desde lejos.

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