Nunca olvidaré la madrugada de hoy. El sonido del viento se colaba por las rendijas como si el Caribe entero respirara con fuerza contenida. El huracán Melissa, que durante días nos había tenido en vilo, cruzaba sobre Santiago de Cuba y Holguín, dejando tras de sí un silencio que pesaba más que el estruendo: el ojo del huracán había pasado sobre Contramaestre. Treinta y cinco minutos de calma irreal, antes de que el caos regresara.

Según el Instituto de Meteorología de Cuba (INSMET), el centro del huracán se ubicaba al amanecer a solo 20 kilómetros al sur de San Germán y 75 de Banes, moviéndose hacia el nordeste con vientos sostenidos de 185 km/h. Un monstruo todavía, aunque la tierra lo hubiera debilitado. La previsión: saldría al mar por Holguín durante la mañana. Pero la pregunta que todos se hacían en voz baja era otra: ¿qué dejaría atrás?


El poder de Melissa

Melissa había sido categoría 5 horas antes. Una furia con vientos de 260 km/h, arrasando Jamaica y levantando el mar en columnas. Ahora, reducida a categoría 3, seguía siendo una amenaza real. La lluvia no cesaba: en Contramaestre se registraron 124 milímetros en solo tres horas, y los meteorólogos hablaban de acumulados entre 200 y 450 milímetros en las próximas 24 horas.

En mi mente, una imagen: las calles de Holguín cubiertas de hojas, postes inclinados, techos improvisados resistiendo con clavos torcidos. El pueblo, acostumbrado al ciclón, pero nunca preparado del todo.

Una vecina me había escrito desde Mayarí:

“Esto no es lluvia, esto es el cielo cayendo entero, mija.”

Y otra, desde Hialeah, preguntaba con la angustia del que ve desde lejos:

“¿Tú crees que vuelva la señal? Mi madre está en Banes y no me contesta desde anoche.”


El ojo en Contramaestre

Entre las 4:40 y las 5:15 de la mañana, Contramaestre vivió algo que solo los que han pasado un huracán pueden entender. El ojo. Media hora de calma, sin viento, sin ruido. El aire inmóvil. Los vecinos salieron a la calle, miraron el cielo y respiraron, como si el peligro se hubiera ido. Pero sabían que era solo un respiro antes del golpe final.

A esa misma hora, los vientos volvían con rachas de 187 km/h. En Puerto PadreLas Tunas, los anemómetros marcaban 108 km/h, y en Guantánamo110 km/h. Los datos fríos, pero cada cifra era una historia: un techo volado, una antena caída, un miedo contenido.


El mar se levanta

Los expertos advertían marejadas de hasta ocho metros. En la costa sur, desde Granma hasta Guantánamo, las olas rompían sobre el malecón y entraban tierra adentro. En el norte, el peligro crecía: Banes, Gibara, Guardalavaca. El mar Caribe, tan amado, tan temido.

“Vi el agua subir por la calle del mercado, nunca había pasado eso”, contaba una joven desde Gibara, en un audio que me llegó por WhatsApp antes de que se cayera la conexión.

En Holguín, las autoridades pedían calma. Los meteorólogos insistían: Melissa seguiría rumbo al mar durante la mañana. Pero nadie en el oriente dormía tranquilo.


Una isla bajo tensión

Cuba es un país que ha aprendido a medir la fuerza de los huracanes en más que kilómetros por hora. Los medimos en pérdidas, en noches sin luz, en madres que no pueden comunicarse con sus hijos fuera, en comunidades que se quedan aisladas por el fango. Y también, en solidaridad.

En los grupos de Facebook, los cubanos dentro y fuera del país compartían fotos, números, esperanzas.

“Desde Tampa estoy rezando por mi Santiago querido.”
“Aquí en Holguín seguimos firmes, con velas y con fe.”

El pueblo cubano siempre se aferra a algo más fuerte que el viento.


Entre la tormenta y el silencio

Mientras Melissa avanza, la Unión Eléctrica mantiene desconexiones controladas. En algunos barrios, la noche se iluminó solo con el resplandor de los relámpagos. El sonido del generador en un hospital de Santiago de Cuba se mezclaba con las ráfagas. Los doctores seguían de pie. Y el campesino en su bohío, mirando cómo la lluvia le borraba el surco que había sembrado el día anterior.

Hay una frase que me repito cada vez que pasa un ciclón: en Cuba, resistir es un acto cotidiano. No importa si es un huracán, un apagón o una crisis. La gente se levanta, recoge, barre, y sigue. Con resignación, pero también con dignidad.


La diáspora pendiente del oriente

Desde Miami, los grupos de WhatsApp ardían. “¿Alguien sabe si Banes está incomunicado?” “¿Ya pasó por Holguín?” Los cubanos de afuera viven el ciclón desde la distancia, con el corazón en la isla y los ojos en los radares. Los que están en EspañaMéxico o Chile comparten enlaces del INSMET como si fueran boletines de guerra.

Y ahí está la otra cara de esta historia: la Cuba que mira desde lejos, la que no puede mandar más que mensajes y rezos. Melissa también sopla sobre la nostalgia.


Visión de AKubaa

Desde AKubaa, no solo contamos la noticia: la sentimos. Porque hablar de un huracán en Cuba es hablar de nosotros mismos, de nuestra forma de resistir lo imposible. Cada vez que un ciclón pasa, algo cambia. En la geografía, en la memoria, en el alma colectiva.

Hoy, mientras Melissa sale al mar por Holguín, sabemos que deja tras de sí una estela de agua y miedo, pero también de historias. Historias que contaremos, como siempre, “con picante, con corazón y con calle”.


Mirando hacia adelante

El Centro de Pronósticos emitirá otro parte a las nueve de la mañana. Los meteorólogos seguirán vigilando cada movimiento de Melissa. Pero más allá de los datos, el país se mide por lo invisible: la fuerza humana. Porque después del viento, llega la reconstrucción. Y después de cada huracán, llega el amanecer.


Reflexión final

Hoy Cuba despierta empapada y tensa, pero viva. El huracán Melissa saldrá al mar, sí, pero su paso recordará —una vez más— lo vulnerables y lo fuertes que somos al mismo tiempo.

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Author: AKubaa

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