Hay algo profundamente inquietante en el silencio que deja un huracán cuando se aleja. Ese respiro breve, esa calma densa, ese olor a tierra mojada y madera rota. Desde Miami, donde tantos cubanos seguimos minuto a minuto los partes meteorológicos, el nombre “Melissa” ya suena como una pesadilla repetida en cada rincón del Caribe. Después de azotar Jamaica como un monstruo de categoría 5, el huracán Melissa ha bajado a categoría 4, pero sigue siendo una amenaza real, viva y peligrosa. No hay consuelo en esa leve reducción de fuerza cuando los vientos aún soplan a 240 km/h, y el mar ruge como si quisiera tragarlo todo.
Jamaica bajo el agua, el Caribe en vilo
Las imágenes que llegan desde Montego Bay estremecen. Puentes colapsados, techos arrancados, árboles caídos, y rostros llenos de miedo y resignación. Melissa tocó tierra en el oeste de Jamaica con toda la furia de la naturaleza, dejando tras de sí tres muertos confirmados y comunidades enteras incomunicadas.
El Centro Nacional de Huracanes (NHC) reportó que el centro del ciclón se encontraba a solo 16 kilómetros del corazón turístico jamaiquino, moviéndose lentamente al norte-noreste. Esa lentitud es, en sí misma, una maldición: cuando un huracán se mueve despacio, la destrucción se multiplica.
Lo que más duele, más allá de los números, es el rostro humano de la tragedia. Matthew Samuda, ministro de Agua, Medio Ambiente y Cambio Climático de Jamaica, lo resumió con crudeza: “Daños severos en infraestructura pública, hospitales y viviendas anegadas.”
Y como si no bastara, la Autoridad de Salud del Sureste alertó sobre el desplazamiento de cocodrilos hacia zonas habitadas por las inundaciones. Sí, cocodrilos. El Caribe se ha convertido en una metáfora de su propio caos.

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Cuando el mar te quita el sueño: ecos desde Cuba
Mientras Jamaica intenta ponerse de pie, Cuba aguanta la respiración. Desde Santiago, Guantánamo y Granma, los reportes de evacuación ya se cuentan por miles. Más de 168.900 personas han sido trasladadas a refugios y casas seguras. Las autoridades piden calma, pero la gente sabe que Melissa no es cualquier tormenta.
He hablado con amigos en Palma Soriano que pasaron la noche recogiendo techos de zinc, con vecinos de Santiago de Cuba que preparan sacos de arena y con una prima que dice entre risas nerviosas: “Karla, aquí el miedo huele a sal.”
En los grupos de WhatsApp y Telegram, los cubanos dentro y fuera del país comparten lo mismo: mapas, audios, oraciones, memes y hasta recetas para “aguantar sin corriente”. En Hialeah, donde cada cuadra tiene un santiaguero o un guantanamero, la tensión se palpa en los colmados y las barberías. “Otra vez el Caribe bajo agua”, se escucha decir con resignación.
El monstruo no viaja solo: víctimas y daños en cadena
Los datos duelen. Siete muertes confirmadas hasta ahora: tres en Jamaica, tres en Haití, una en República Dominicana. Las autoridades temen que la cifra suba cuando se restablezcan las comunicaciones.
En Haití, donde la fragilidad es norma, los barrios más pobres han vuelto a quedar bajo el lodo. En República Dominicana, los cortes eléctricos son masivos. Y en Jamaica, NetBlocks reportó apagones de internet generalizados, una especie de apagón digital que multiplica la desesperación.
El director del NHC fue claro: “Tomará días o semanas determinar el alcance total de los daños.”
Y mientras lo dice, el mapa muestra a Melissa girando hacia Cuba, con ese ojo perfectamente formado que aterra a los meteorólogos.
Preparativos en Cuba: entre el miedo y la costumbre
En La Habana, el ambiente es una mezcla de espera y rutina. La Defensa Civil activó el nivel de alerta para varias provincias orientales, y los noticieros repiten los mismos consejos: asegurar puertas, revisar techos, tener velas, cargar linternas, guardar agua. Pero los cubanos sabemos leer entre líneas. Sabemos cuándo la situación es seria.
En los barrios, las madres llenan tanques, los abuelos hacen filas en las bodegas, los jóvenes suben fotos a las redes con frases como “pa’ lo que venga” y “otra noche sin luz, pero con fe.”
En el mercado informal, el precio de las velas, el pan y hasta las pilas se dispara. Porque sí, en Cuba cada huracán también es una batalla económica.
Solidaridad desde la diáspora
Desde Miami, Tampa, España y México, los cubanos miran hacia la isla con el corazón apretado. En grupos de Facebook y transmisiones en vivo, la diáspora organiza colectas de ayuda, mientras comenta los partes del Instituto de Meteorología.
En Hialeah, una panadería puso un cartel improvisado: “Recolectamos donaciones para Santiago”. En Madrid, un grupo de jóvenes cubanos lanzó una campaña en GoFundMe para enviar linternas solares y medicinas. Y en Miami Lakes, donde muchos de nosotros vivimos con el alma dividida, se siente el peso de esa frase que tanto decimos: “Cuba está lejos, pero nunca ausente.”
Melissa y la tecnología: cuando Starlink entra al rescate
Entre tantas malas noticias, una chispa de esperanza: Starlink —el servicio satelital de Elon Musk— anunció que ofrecerá conexión gratuita en las zonas más afectadas de Jamaica. Una medida que podría acelerar la llegada de ayuda humanitaria y salvar vidas.
Mientras tanto, el ministro Daryl Vaz confirmó que vuelos con alimentos y suministros están en camino. Los jamaiquinos comienzan a recibir agua, linternas, medicamentos y kits de emergencia enviados por varios países del Caribe. Es una escena que se repite en cada desastre, pero esta vez con un matiz distinto: la sensación de que el cambio climático ya no es un tema de conferencias, sino de supervivencia diaria.

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La visión de AKubaa: un Caribe herido, pero no rendido
Desde AKubaa, no vemos a Melissa solo como un fenómeno meteorológico, sino como un espejo de lo que somos: un pueblo que resiste, que se prepara, que se levanta. Los huracanes nos prueban, sí, pero también nos revelan. Revelan la solidaridad, la creatividad y la fuerza que, incluso bajo el agua, seguimos llamando “cubanía”.
Lo cierto es que Melissa —con su nombre dulce y su fuerza salvaje— ha dejado claro que el Caribe vive en constante reconstrucción. No solo de sus techos, sino también de su esperanza. Los cubanos que vivimos fuera lo sentimos en el pecho: cuando se apaga la luz en Santiago, también se apaga algo en Miami. Y cuando un niño vuelve a reír en una calle inundada, también se ilumina algo aquí.
Reflexión final: el precio del viento
Los expertos dicen que Melissa podría debilitarse en los próximos días. Ojalá. Pero la verdadera pregunta no es cuánto bajará el viento, sino cuánto subirá nuestra conciencia. ¿Cuántas veces más tendrá que temblar el Caribe para que los gobiernos entiendan que el cambio climático no espera?.
Mientras tanto, los cubanos seguimos mirando al cielo, calculando el rumbo, rezando con humor y sobreviviendo con dignidad. Porque como dijo un usuario en X (antes Twitter): “Cuba no teme al huracán; lo baila con respeto.”
Y ahí está todo. El coraje, la ironía, la poesía y la resistencia de un pueblo que, incluso bajo la lluvia, sigue encendiendo velas y fe.
¿Y tú, desde dónde estás viviendo este huracán?.

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