Todavía puedo escuchar el sonido del viento en las transmisiones de Santiago. Ese rugido que corta el aire, mezcla de agua, miedo y resistencia. El huracán Melissa llegó como esas verdades que nadie quiere enfrentar: con furia, sin pedir permiso y recordándonos lo frágil que sigue siendo la vida en esta isla que lo aguanta todo.

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El Cobre bajo agua: un amanecer que no se olvida

En El Cobre, un pueblo que siempre fue símbolo de fe y esperanza, la montaña cedió. El agua bajó con tanta fuerza que la Loma del Cimarrón se vino abajo, arrastrando tierra, árboles y lo que encontró a su paso. Diecisiete personas quedaron atrapadas, entre ellas niños y ancianos, mientras el río crecido partía el silencio de la madrugada.

“Estamos bien, pero preocupados”, dijo el doctor Lionnis Franco en una llamada desesperada al periodista Dayron Chang. Lo escuché con la voz temblando, no de miedo sino de responsabilidad. “Aquí hay dos niños y cinco mayores; algunos son asmáticos e hipertensos, pero estamos vivos”. Y en esa frase está toda Cuba: golpeada, empapada, pero viva.

El rescate imposible

Equipos de la Defensa Civil y el Ministerio del Interior intentan llegar a ellos bordeando el río, pero las lluvias no dan tregua. “Ha llovido como nunca antes”, reconoció la primera secretaria del Partido en Santiago, Beatriz Johnson. Y esa frase no suena política, suena humana.

El lodo se traga los caminos, los accesos están rotos, y los rescatistas avanzan a pie, con sogas y linternas, en un terreno que ya no se parece a nada. En redes circulan videos de vecinos con el agua hasta la cintura, sosteniendo a sus hijos, cargando lo que pueden.

Mientras tanto, en la radio CMKC y los grupos de WhatsApp de la comunidad, se repite el mismo mensaje:
“No salgan de casa, no crucen los ríos, no confíen en la calma.”

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Una provincia bajo el agua

El huracán no ha dejado esquina sin marcar. En Santiago de Cuba, el agua llegó hasta la Avenida PatriaPlaza de la RevoluciónMar Verde y Avenida de las Américas. Las imágenes parecen sacadas de una película de catástrofe, pero es la realidad de miles de familias.

Las cifras son escalofriantes: más de 267 milímetros de lluvia en El Cobre y acumulados que superan los 500 milímetros en zonas montañosas. En Guamá, donde el ojo de Melissa tocó tierra, las olas alcanzaron los cuatro metrosTechos arrancados, botes desaparecidos, comunidades enteras incomunicadas.

Y como si fuera poco, la presa Charco Mono en Palma Soriano se desbordó, poniendo en riesgo a los barrios cercanos. Los vecinos de Contramaestre y San Luis reportan caminos convertidos en ríos.

“Esto se siente peor que Sandy”, comentó en Facebook una santiaguera llamada Maylén, desde un cuarto oscuro, alumbrada solo por la linterna del móvil. “Lo único que uno puede hacer es rezar y esperar que amanezca”.

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Un huracán que ya es historia

Melissa no fue cualquier tormenta. Llegó a categoría 5 sobre Jamaica, la más intensa en 174 años, y cruzó hacia Cuba como categoría 3, pero con una fuerza descomunal. Los vientos sostenidos de 195 km/h y la marejada ciclónica de más de tres metros bastaron para arrasar con todo lo que encontró en la costa suroriental.

Más de 735 mil personas evacuadas en las provincias orientales, según cifras oficiales. Pero lo que no dicen los partes es lo que pasa después: los refugios sin luz, los niños asustados, las abuelas llorando porque dejaron su casa atrás.

La desconexión del país

Desde Miami, donde muchos cubanos seguimos minuto a minuto las noticias, la desesperación se siente como un eco. Los apagones masivos han dejado sin comunicación a miles de familias. En Hialeah, una vecina me escribió: “No sé nada de mi madre desde ayer. El teléfono no suena. Solo quiero saber si está viva.”

Esa es la otra tragedia: la desconexión, el silencio de una nación incomunicada justo cuando más necesita hablar. Mientras en Cuba se mojan las calles, la diáspora cubana se moja los ojos. En TampaMéxicoEspaña, todos buscan señales, un mensaje, una foto que diga: “Estamos bien.”

La voz del pueblo, sin filtro

Los cubanos no pierden su toque ni en medio del desastre. En Telegram, un usuario escribió:

“Melissa nos tumbó el techo, pero no el ánimo. Seguimos firmes con café colado en fogón de leña.”

Otro le respondió:

“Que venga lo que venga, pero que no se lleve el alma.”

Ese es el ADN de Cuba: aguantar, reír, llorar y volver a empezar.

Más allá del viento: el precio humano

Lo que más duele no son los árboles caídos ni los postes rotos, sino la fragilidad del país ante cada huracán. Los mismos techos improvisados, los mismos barrios olvidados, los mismos llamados de “no salgan de casa” que esconden décadas de falta de inversión y de infraestructura deteriorada.

Porque cuando el viento pasa, la tormenta que queda es la cotidiana: la del desabastecimiento, el miedo y la incertidumbre.

Y sin embargo, ahí están ellos: los rescatistas caminando entre el fango, los médicos improvisando refugios, los vecinos compartiendo la poca comida que tienen. Esa es la verdadera defensa civil del pueblo cubano.

Melissa y el espejo de nuestra realidad

Mientras los noticieros repiten cifras, en las redes la gente comparte fotos del Santuario de la Virgen de la Caridad, en El Cobre, todavía en pie, rodeado de barro pero intacto. Un símbolo de fe entre tanto caos. Y uno no puede evitar pensar que Cuba es así: una mezcla de milagro y resistencia, un país que cae mil veces y se levanta mil una.

Desde AKubaa, no solo narramos el desastre, lo vivimos. Porque cada historia desde Cuba se siente como si fuese nuestra propia calle, nuestro propio techo goteando. En los grupos de la diáspora, la gente se organiza para mandar ayuda, desde MiamiEspaña o México, aunque sepan que quizás no llegue nunca. Lo hacen por costumbre, por amor, por ese lazo invisible que ningún huracán puede arrancar.

La defensa civil del alma

Las autoridades insisten en que nadie salga, que las próximas horas serán decisivas. Pero el pueblo ya lo sabe: no se trata solo de resistir un ciclón, sino de sobrevivir a la vida después.

Cuando el viento se calme y las cámaras se apaguen, quedará el mismo desafío de siempre: reconstruir sin recursos, esperar sin respuestas, volver a creer en algo.

En las noches de apagón, cuando la lluvia golpea las persianas y el cielo parece desbordarse, los cubanos siguen haciendo lo que mejor saben: aguantar con dignidad, reír entre lágrimas, y mirar al cielo diciendo “que no sea peor.”

Una madrugada de angustia, una Cuba que no se rinde

El huracán Melissa no solo se llevó techos y caminos; se llevó un pedazo de la tranquilidad de un pueblo que apenas comenzaba a levantarse. Pero también dejó una lección: la fuerza de los cubanos no se mide por la velocidad del viento, sino por la manera en que se abrazan cuando todo se cae.

Porque incluso atrapados en la Loma del Cimarrón, rodeados de barro y oscuridad, siguen vivos, siguen juntos, siguen creyendo. Y esa fe —más poderosa que cualquier ciclón— es lo que mantiene a Cuba de pie.


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Author: AKubaa

por AKubaa

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