Hay días en los que uno se levanta con la esperanza de que la pesadilla se calme un poco. Te despiertas, miras al techo y dices: “quizás hoy no me corten la corriente”. Pero Cuba no es un país que permita ilusiones largas. El martes 23 de septiembre volvió a demostrarnos que los apagones no entienden de promesas oficiales ni de discursos en televisión: la Unión Eléctrica (UNE) anunció un déficit de 1.462 MW, pero al final la cifra real fue de 1.821 MW. Otra vez, el pronóstico quedó en el aire como tantas palabras vacías que ya forman parte del paisaje cotidiano.

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El espejismo de Felton y la realidad de Mariel
Apenas el lunes se había anunciado con bombo y platillo la entrada en servicio del bloque 1 de la Termoeléctrica de Felton en Holguín, después de un mantenimiento. Sonó a alivio, a ese aire fresco que nunca llega. Sin embargo, menos de 24 horas después, la unidad 6 de la Termoeléctrica Máximo Gómez, en Mariel, se desconectaba por una “bomba de regulación de turbina”. Tres horas después volvió a engancharse al sistema, pero la confianza de la gente ya estaba otra vez por el piso.
Y para colmo, la mañana del miércoles, la unidad 1 de Santa Cruz del Norte fue desconectada para una limpieza en componentes de la caldera. Doce días sin producir electricidad, doce días de más velas, más mosquitos, más ollas arroceras apagadas a medio cocinar.
La corrosión del petróleo cubano y la verdad incómoda
La UNE insiste en que estas limpiezas son necesarias porque las plantas usan petróleo cubano, un crudo denso, cargado de azufre, que corroe las instalaciones y provoca una acumulación de escorias. En pocas palabras: nuestro propio petróleo está destruyendo nuestras propias termoeléctricas. No hay metáfora más brutal de la isla que se consume a sí misma.
Mientras tanto, el déficit pronosticado para el miércoles se ajustaba a 1.710MW, mucho más realista que los números optimistas que nadie cree. La población ya ni siquiera discute cifras: lo que duele es la falta de luz, el colapso del agua porque las bombas dejan de funcionar, y la falta de gas en las cocinas.

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Renovables: la promesa que no llega
El Gobierno se vanagloria de los parques solares fotovoltaicos y de los planes de energía renovable, pero la verdad es que, en el volumen total, esas fuentes apenas se sienten. La gente no puede cargar su teléfono con una promesa ni enfriar la casa con un plan de 2030. Hoy lo que hay son apagones que se extienden por media Isla simultáneamente y que obligan a improvisar desde cómo hervir un poco de agua hasta cómo mantener a los niños tranquilos en medio de la oscuridad.
Cuando la calle responde
No es casualidad que los cortes de electricidad hayan detonado protestas en toda la Isla. No hablo de grandes marchas, sino de gritos espontáneos desde los balcones, de vecinos que aplauden en señal de protesta, de familias que salen a la calle con cacerolas porque ya no aguantan más. Una mujer en Marianao lo dijo claro frente a las cámaras de un vecino: “¡Apagón es represión!”. Porque el apagón no es solo falta de corriente: es falta de dignidad, de respeto, de derecho a vivir con lo mínimo.
Díaz-Canel y la gira propagandística
En medio de este panorama, Miguel Díaz-Canel aparece en la televisión con un casco blanco visitando termoeléctricas. La escena parece sacada de un guion mal escrito: él camina, saluda a los técnicos, promete soluciones. Pero mientras tanto, el 10 de septiembre, el país sufrió su quinto colapso total del sistema eléctrico en menos de un año. ¿Qué puede pensar un cubano en Santa Clara, en Santiago o en Pinar del Río cuando ve esas imágenes? La gente en la diáspora, en Miami o Hialeah, lo comenta con rabia en los grupos de Facebook: “Eso es puro teatro, la luz no llega con visitas televisadas”.

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Opinión del pueblo: voces que no se apagan
Un chofer de ómnibus en La Habana me decía: “Cuando me hablan de megawatts y turbinas yo no entiendo nada. Yo lo que entiendo es que llego a casa y no puedo poner un ventilador para que mis hijos duerman sin sudar”.
En Tampa, una cubana recién llegada compartía en WhatsApp: “Aquí pago la electricidad más barata y tengo luz todo el día. Mi mamá en Holguín está 8 horas sin corriente. Eso no es vida”.
En España, otro me contaba: “Desde acá uno ve que no hay voluntad de arreglar nada. Si invirtieran lo que gastan en represión en arreglar las termoeléctricas, otra sería la historia”.
Estas frases son las que mejor retratan el cansancio y la frustración. Porque lo que se apaga en Cuba no es solo la luz, es la esperanza de un mañana mejor.

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El ciclo eterno de promesas incumplidas
Desde 2021, cuando la crisis eléctrica comenzó a agravarse, la narrativa oficial ha sido siempre la misma: que habrá mejorías, que se reparan bloques, que se instalan paneles solares. Pero lo que recibe el ciudadano de a pie son cortes más largos, madrugones con candiles improvisados y noches enteras sin poder dormir.
Y la pregunta inevitable: ¿qué plan real existe para revertir esta crisis? La respuesta, aunque duela, es clara: ninguno. No hay inversión, no hay modernización, no hay combustible suficiente y, sobre todo, no hay transparencia. Lo único que hay es represión cada vez que el pueblo levanta la voz.
La visión crítica de AKubaa
Desde AKubaa lo vemos con crudeza: la crisis eléctrica en Cuba es el espejo perfecto de un sistema que se quedó sin proyecto. No se trata solo de máquinas oxidadas ni de turbinas que revientan. Se trata de una política energética basada en parches y discursos, no en soluciones sostenibles. Se trata de dirigentes que prometen megawatts como si fueran caramelos mientras el pueblo se consume en apagones interminables.
La diáspora lo entiende bien porque lo vive en contraste: en Miami, en Hialeah, en México o en España, la electricidad se paga, sí, pero existe. Y esa diferencia, tan básica como encender un bombillo, es la que mantiene vivo el éxodo.
Más allá de los números
Podemos hablar de 53 centrales de generación distribuida que no funcionan por falta de combustible, o de 113 MW indisponibles por falta de lubricantes. Podemos enumerar las unidades en mantenimiento en Cienfuegos o en Santa Cruz del Norte. Pero la verdadera cifra que importa es una sola: millones de cubanos atrapados en un ciclo de oscuridad.
Y ahí está el punto: no son números, son vidas. Es la señora que no puede refrigerar sus medicinas, el abuelo que no puede usar un ventilador, el estudiante que no logra conectarse a clases virtuales. Ese es el verdadero costo del deterioro de las termoeléctricas.
Conclusión: ¿Hasta cuándo?
El deterioro de las termoeléctricas en Cuba no es una sorpresa, es una condena que el pueblo sufre mientras los de arriba repiten promesas incumplidas. Los apagones se han convertido en símbolo de un país que funciona a medias, que respira a medias, que vive en la incertidumbre constante.
Y yo me pregunto, como seguramente lo hacen miles de cubanos dentro y fuera de la Isla: ¿hasta cuándo vamos a permitir que la oscuridad siga marcando nuestros días y nuestras noches?.

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