No hay silencio más incómodo que el de un apagón en Cuba. Esa oscuridad que no deja dormir ni pensar, solo escuchar el zumbido lejano de una planta eléctrica del vecino —si tiene suerte— o el crujido del ventilador que se detuvo de golpe, justo cuando el calor parecía querer arrancarte la piel. Hoy el Sistema Eléctrico Nacional (SEN) muestra una leve mejoría, dicen los medios oficiales. Pero los cubanos sabemos leer entre líneas: si la nota del día empieza con “leve”, ya sabemos que lo que viene es otro día de resistencia.

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Un respiro que no alcanza
Según el último informe de la Unión Eléctrica, la máxima afectación fue de 1384 megawatts a las 7:30 de la noche del jueves. Sí, menos que los 1900 megawatts de principios de semana. Pero a las ocho, cuando el país entero trata de encender la hornilla o cargar el teléfono, la diferencia apenas se siente.
Porque en Cuba no se trata de números, sino de realidades. En Ciego de Ávila, una madre me escribe desde su teléfono con apenas un 5% de batería:
“Aquí no hay luz desde las diez de la mañana. Los niños lloran del calor. Dicen que están arreglando algo, pero nadie sabe qué.”
En Holguín, un joven sube un video a TikTok con el hashtag #ApagónChallenge. Lo hace en broma, claro, bailando con una linterna de cabeza y una vela. Pero detrás de la risa hay cansancio. Ese humor cubano que florece hasta en el apagón más largo, pero que ya no disimula la desesperación.
Los números detrás del cansancio
La disponibilidad del SEN ronda los 1813 megawatts, frente a una demanda de 2320, lo que deja un déficit de 512 megawatts solo en la mañana. Para el horario diurno, se espera una afectación promedio de 700 megawatts, y en la noche… bueno, ahí se multiplica todo.
Aunque el gobierno resalta que los 32 parques solares fotovoltaicos aportaron 2934 megavatios hora, con una potencia máxima de 536 megawatts al mediodía, la realidad es que el sol cubano no puede alumbrar lo que la mala gestión oscurece. Y es que el problema no está solo en la falta de luz, sino en la falta de rumbo.
Las centrales termoeléctricas, con más de 30 años de explotación, ya no aguantan más. Entre las averías más recientes están la Unidad 2 de la CTE Felton, la Unidad 8 de Mariel y la Unidad 3 de la CTE Renté.
Mientras tanto, las centrales de Santa Cruz y Cienfuegos siguen en mantenimiento, y más de 50 generadores distribuidos están fuera de servicio por falta de combustible. Sí, leíste bien: 50 plantas paradas por falta de petróleo y lubricantes. Y eso, en un país donde cocinar depende de una hornilla eléctrica, no es un dato técnico. Es una sentencia.

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Una isla en penumbras y promesas
En teoría, para el horario pico nocturno deberían incorporarse 100 megawatts de motores, 30 megawatts de Energás Jaruco, y 60 megawatts más con el ciclo combinado. Pero incluso si todo eso funcionara (y ya sabemos que casi nunca pasa), el déficit seguiría siendo de 1297 megawatts. En lenguaje llano: más de un millón de cubanos sin luz a la misma hora. Aun así, la televisión estatal lo presenta como un triunfo. “Leve mejoría del SEN”, dicen con voz serena, mientras en el noticiero de fondo se ve un mapa con rayitas verdes. Pero el cubano de a pie no necesita gráficos. Solo necesita mirar la hornilla apagada o la comida echándose a perder en el refrigerador.
En los grupos de Facebook, los comentarios van de la ironía al enfado:
“El SEN se recupera… pero mi paciencia no.”
“Nos dicen leve mejora, pero la vela sigue siendo mi mejor inversión.”
Y mientras tanto, la diáspora observa con impotencia. Desde Miami, desde Hialeah, desde España o México, los mensajes son los mismos:
“Mi mamá no ha podido hablar conmigo hace tres días. No tiene carga ni luz.”
Esa frase se repite en cada grupo de WhatsApp familiar.
Porque la oscuridad en Cuba se siente también fuera de ella.
Entre cables viejos y esperanzas nuevas
No todo es desolación. Los cubanos seguimos inventando. En Santiago, un grupo de vecinos conecta cables y plantas comunitarias para alimentar una nevera donde guardan medicamentos de niños asmáticos. En Camagüey, un mecánico jubilado ha montado un mini panel solar con piezas recicladas. Pero eso no debería ser la norma.
El futuro energético de Cuba no puede depender de la creatividad del pueblo ni de la solidaridad entre apagones. Debe depender de una política real de inversión y mantenimiento, no de discursos ni notas “informativas” que suenan a resignación. Porque mientras se siguen anunciando parques solares y donaciones de crudo extranjero, el ciudadano común sigue midiendo su vida entre cortes eléctricos. Y lo más doloroso: sin saber si la próxima noche dormirá con luz o con un abanico de cartón.
El otro lado de la historia: México y la cuerda floja
Hace apenas unos días se anunció que México enviará 3 mil millones en petróleo a la isla. Un gesto de apoyo que, según las autoridades, aliviará la crisis energética. Pero en la calle la gente se pregunta:
“¿Y si ese petróleo también se pierde entre las promesas?”
Mientras tanto, los barcos tanque que llegan al puerto de Matanzas se vuelven casi símbolos de esperanza nacional. Cada arribo es celebrado como si trajera milagros. Pero el milagro nunca llega. El sistema sigue frágil, parchado, sostenido por ingenieros que hacen magia con piezas que deberían estar en un museo, y por técnicos que trabajan sin descanso para reparar lo irreparable. Esa es la parte humana que nunca sale en los partes oficiales: los héroes del SEN que, entre cables quemados y madrugadas sin sueño, intentan mantener al país encendido.

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Visión desde AKubaa: la energía que falta no es solo eléctrica
Desde AKubaa, vemos este tema más allá del dato técnico. La energía que falta no es solo la que enciende los bombillos, sino la que sostiene la esperanza colectiva. Cuando un país se acostumbra a vivir entre apagones, algo más que la luz se apaga. Se apagan los ánimos, las conversaciones, los negocios caseros, la comida caliente, el sueño de los que estudian de noche o los que intentan trabajar desde casa para sobrevivir.
Y mientras tanto, el discurso oficial sigue hablando de “resistencia”, como si la resistencia fuera una meta y no un síntoma. En la Cuba de hoy, resistir es un verbo agotado. Lo que se necesita es renovar. No solo los cables y turbinas, sino la manera en que se piensa la energía: con transparencia, inversión real, y sobre todo, con respeto al ciudadano.
La voz del pueblo
“A mí lo que me molesta no es el apagón, es que te digan que todo está mejorando cuando uno ve lo contrario.” — comenta un usuario desde Santa Clara.
“Llevo tres días sin dormir bien, pero no por el calor, sino por el miedo a que se me queme el motor.” — escribe otro en Twitter.
Esa es la verdadera foto de la isla. Una mezcla de humor y cansancio, donde la gente sigue resistiendo, sí, pero también cuestionando. Y eso, aunque duela, también es una forma de alumbrar.
Conclusión: la oscuridad no se tapa con discursos
Esta “leve mejoría” del Sistema Eléctrico Nacional no es más que un espejismo.
Un dato en papel que no cambia la vida del cubano común.
La raíz del problema sigue siendo la misma: infraestructura vieja, falta de combustible, ausencia de inversión sostenible y una administración que prioriza el discurso sobre la solución.
Y mientras tanto, los apagones siguen siendo el telón de fondo de un país que necesita más luz en todos los sentidos. Desde Miami, Madrid o México, los cubanos seguimos conectados por una misma pregunta:
¿Hasta cuándo la luz de Cuba va a depender de un parte oficial y no de la voluntad real de encender el país?

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