Nunca había sido tan evidente que el mercado negro de combustibles se ha convertido en un espejo incómodo de la realidad cubana. Hoy la noticia llega desde Cienfuegos y Sancti Spíritus: cayó una red clandestina dedicada a la manipulación y reventa de gas licuado, ese recurso que en la isla ya no es solo un servicio básico, sino una moneda de supervivencia. Y mientras leo los reportes oficiales, no puedo dejar de pensar en la paradoja: un cilindro de gas puede convertirse en símbolo de desigualdad, riesgo y corrupción en pleno 2025.

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El gas que explota más allá del bolsillo

Según la investigación, los implicados rellenaban los tanques por encima de lo permitido. Lo que debería contener 60 libras, lo cargaban hasta 80 libras, como si el hambre de un país pudiera comprimirse dentro de un cilindro de acero. Esa práctica no solo era ilegal, era un juego macabro: cada tanque manipulado era prácticamente una bomba rodando en la parte trasera de un camión improvisado.

Y ese gas terminaba en barrios enteros, vendido a precios desorbitantes, multiplicando la angustia de las familias que ya sienten el peso de la escasez diaria. Una vecina de Santa Clara me dijo entre dientes: “Aquí no es miedo a que explote, es miedo a no tener con qué cocinar mañana”.


El mapa de un delito que crece

No se trata de un caso aislado. En Artemisa, un jefe de punto organizó un fraude interno para apropiarse de más de 40 cilindros. En La Habana, desarticularon otra banda dedicada al robo y reventa de balitas. El problema no se limita a provincias específicas: es un fenómeno nacional que deja al descubierto un sistema frágil, donde la escasez alimenta la corrupción.

En Villa Clara, la “solución” fue restringir y reorganizar la venta. Pero en lugar de alivio, lo que se generó fue mayor malestar. El cubano de a pie lo sabe: cada nueva medida, cada nueva limitación, termina castigando al que menos tiene y fortaleciendo al que puede moverse en la sombra del mercado negro.

Un usuario en redes escribió con ironía: “Nos dicen que cocinemos con sol, pero ni la corriente aguanta los apagones”. Y ahí está el retrato del día a día: cocinar en Cuba es una odisea energética.


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Una olla a presión social

En cada esquina, el comentario se repite: “¿Dónde consigo el gas?”. Lo dicen madres que dependen de un fogón para alimentar a sus hijos, lo dicen ancianos que no pueden salir a hacer colas interminables, lo dicen estudiantes que ven cómo sus padres estiran el peso entre comida, transporte y electricidad.

El gas licuado se ha convertido en un termómetro social: mientras algunos lo consiguen a través de “gestiones” o contactos, otros se quedan mirando cómo la olla se enfría. Y esa desigualdad, esa sensación de que todo depende de quién conoces o cuánto pagas, es lo que más erosiona la confianza de la gente.

No es casual que en los grupos de WhatsApp de la diáspora se comparta la noticia con rabia y nostalgia. Un amigo en Hialeah me escribió: “Aquí uno abre el fogón sin pensar. Allá mi madre tiene que racionar hasta el fósforo”. Esa es la distancia más dura: no son millas, es la diferencia entre cocinar sin miedo y vivir con la angustia de la escasez.


Cae red clandestina de gas licuado en cuba. Imagenes de Google .

La visión crítica de AKubaa: ¿control o parche?

Cuando las autoridades anuncian que “cayó una red”, la primera reacción es aplaudir. Pero en la segunda lectura surge la pregunta: ¿acaso esto resuelve el problema de fondo? .La respuesta es no. La represión del delito es un paso, sí, pero no ataca la raíz: el desabastecimiento crónico.

Mientras no exista una distribución transparente y suficiente, mientras los precios oficiales estén divorciados de la realidad, el mercado negro seguirá floreciendo. Es simple economía callejera: donde hay necesidad y un vacío, aparece el negocio paralelo. El gas, como el pollo o el café, ya no es solo un producto, es un privilegio. Y esa es la herida más profunda.


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Cuba y la diáspora: dos fuegos, una misma cocina

La diáspora cubana observa con mezcla de indignación y resignación. En Miami, en Tampa, en Madrid o en Ciudad de México, los cubanos en el exilio cuentan otra historia: la de familias que envían dólares para que sus seres queridos puedan comprar balitas en el mercado informal a precios cinco veces más caros.

Una cubana en España comentó en un foro: “Yo mando dinero, pero sé que a mi hermana le venden el gas a escondidas, en el doble de lo que cuesta oficial. Es un chantaje emocional constante”. Y es cierto. La diáspora no solo envía remesas, envía oxígeno a un sistema que se asfixia solo, porque el Estado no logra garantizar lo básico.


Escasez, riesgo y desigualdad

Los cilindros que circulaban en Cienfuegos y Sancti Spíritus no solo eran ilegales: eran peligrosos. Cada libra extra era un riesgo multiplicado, una chispa más cerca del desastre. Y, sin embargo, esos mismos tanques pasaban de mano en mano, de patio en patio, como si la gente hubiera aprendido a normalizar el peligro con tal de sobrevivir.

Ese es quizás el mensaje más doloroso: la normalización del riesgo. Una sociedad que se acostumbra a cocinar con miedo, a esconder cilindros en un cuarto improvisado, a pagar precios abusivos porque no hay alternativa.


¿Hasta cuándo la olla seguirá vacía?

La noticia de la red clandestina es apenas un capítulo en una historia más larga. Una historia donde el mercado negro se convierte en el verdadero mercado, donde la escasez es el motor de la corrupción, y donde la población sigue siendo la que paga el precio, literal y simbólico.

Desde AKubaa lo decimos sin rodeos: mientras el gobierno insista en maquillar cifras y no en garantizar soluciones reales, el problema no solo seguirá, sino que se agravará. La olla a presión social no aguanta eternamente.

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Y la pregunta que queda abierta es esta:
¿seguiremos hablando de redes clandestinas como síntomas de la crisis, o llegará el día en que el cubano pueda abrir su fogón sin miedo, sin trampas y sin mercado negro?.

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Author: AKubaa

por AKubaa

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